Monday, August 10, 2009

Al otro lado del amor

Ah el amor… inesperado, ingrato, excesivo, doloroso, tierno… tiene la facultad de devolverme a mi más candorosa adolescencia, me despoja de prejuicios, me inunda de energía, me satura de generosidad.

De pronto me encontré aliviando la hinchazón de mis enrojecidos párpados tras la incontenible persistencia de un llanto que a duras penas se transformaba en un agónico nudo, en mi garganta, que parecía encerrar la pena en el interior de mi cuerpo y en lo más profundo de mi alma. ..

Nunca me hubiera imaginado cuando lo conocí que aquel respetable señor, de sonrisa amable, significara el menor peligro para mi estabilidad emocional o mi equilibrio afectivo. Vamos que cuando, una tarde de cine, se atrevió a ofrecerme algo más que alguna galante zalamería, sólo aprecié en su mano la fiable caricia de un amigo.

¡Cuánto habría dado yo por volver una vez más a enamorarme! , pero no pensé que fuera el caso, o al menos eso creía yo.

¿Vosotros os habéis enamorado? ¿Habéis sentido como el torrente imparable del amor os inundaba, como una ola gigante, frente a la que es inútil oponer resistencia? ¿Habéis sentido como os derretíais con un beso del ser amado, os habéis rendido a sus deseos, os habéis abandonado a su voluntad?

Él era dulce, cálido, amigable, y cada noche estaba allí, con su regazo dispuesto a acogerme. ¡Nunca he dormido tan a gusto!. Yo estaba loca por él. Mi mayor aspiración era perderme entre sus brazos. Lo mimaba, lo inundaba de caricias, lo besaba hasta llenarlo de deseo. Me sentía pletórica y anteponía mi pasión a cualquier otro deseo. Todas las actividades que me habían llenado hasta entonces pasaron a un segundo plano, desatendía mis blogs, mis correos, los periódicos en los que anteriormente me complacía publicar mis artículos de opinión. .. Dejaba conscientemente que me humillara, y cada fin de semana esperaba ansiosa su regreso de los brazos de la mujer a la que amaba.

Mila Carrero

Saturday, February 02, 2008

EL DECLIVE

Por fin estaba allí, con cerca de cincuenta a las espaldas, en esa zona de la vida que se llama envejecer, y estaba sola, como a los doce, cuando era un patito feo todavía, con la misma sensación de estar en medio del camino que al principio, y con los mismos deseos que colmar aunque desde el otro lado del espejo me mirara esa otra Mila, que me condiciona y me limita.

Acababa de divorciarme y veía pasar mis horas entre el ordenador y la rutina sintiendo como cada segundo que consumía se me incendiaba entre las manos, y como mi capacidad de frustración parecía no tener límites.

Ni que decir tiene que ya hacía tiempo que mi cuerpo había traspasado la frontera de la invisibilidad, y que había visto transformarse sus encantos en digna elegancia… mientras mis sueños seguían saturados de pasión, abiertos a que alguien, tan arrollador como mi mente es capaz de interpretar, tan brillante como mis ojos son capaz de ver, tan irresistible como soy capaz de desearlo yo, se hiciera un sitio a medio camino entre mi corazón y mi “cabeza”.

Milagrosa Carrero Sánchez

Saturday, December 23, 2006

NAVIDADES



Es curioso que en 47 años de vida, y con esta contaré 48 navidades, por algún motivo que escapa a mi comprensión, conservo en mi memoria cada detalle de varias de ellas.

EN LA INFANCIA

Las de mi infancia eran mágicas. Mi familia, como aquella gente de pueblo de aquel entonces, vivía en un mundo de ritos, que por estas fechas, incluía un nacimiento con verdadera hierba, de nuestro “corral” -una especie de parcela con gallinero, cuadras, y hasta un abrevadero para el ganado-, que como una manta de césped, trasplantábamos al belén, con sus raíces hundidas en la tierra, con un fondo de arbustos cuajados de madroños, que empezaban adornando y acababan en nuestros infantiles y caprichosos paladares, y con un río que nacía en la montaña y acababa en un lago de papel de plata, cubierto con un cristal, alrededor del que se inclinaban las lavanderas a enjabonar la ropa, y a beber las ovejitas, y que a pesar de la nieve estaba lleno de patos y cisnes. Como solíamos participar en el concurso municipal de belenes, colocábamos la composición artística en una sala al efecto, en el piso de abajo, para que, como era la costumbre, recibiera la visita de los vecinos. Los niños solíamos cantar villancicos, con la pandereta delante del nacimiento, y cada día acercábamos los reyes unos pasos, al portal, alejándolos del palacio del malvado Herodes, allá en lo alto de la montaña, de corcho. El día de nochebuena, después de cenar nos visitábamos unos a otros, entre tíos, hermanos, y sobrinos, y todos íbamos a casa de los abuelos; Y el día “del año”, tras las uvas, nunca faltábamos a “la misa del gallo”, a besar el pie al "niño".

EN LA ADOLESCENCIA

Pasado el tiempo, y siendo yo ya adolescente, la navidad era el regreso, y aunque vivíamos en la capital, pasábamos las vacaciones navideñas en el pueblo, donde aprovechábamos para hacer la matanza, y dejar medio seca “la chacina”, antes del la vuelta. Eso sí era una verdadera fiesta de participación. Allí trabajaba todo el mundo, la familia, los vecinos, y las vecinas, y los amigos más dispuestos, mandil o ropa de faena, y arremangados, madrugaban para echar una mano, o las dos si era preciso, que lo era. Eran unas vacaciones que me encantaban. Recuerdo que por las mañanas, disfrutaba rompiendo el carámbano de los charcos, antes de desayunar café con migas, junto a la lumbre de la chimenea, que se encendía el día de la matanza para hervir el agua con que escaldábamos la piel del cerdo sacrificado, una vez chamuscada, para dejarla pelada, y se continuaba encendiendo cada mañana, durante varios días para, ahumar la chacina, y favorecer que se “curara”. La lumbre era el mejor de los reclamos, y allí desayunábamos, almorzábamos, comíamos, merendábamos y cenábamos.
Por las noches, los mozos y las mozas, formábamos grandes pandillas para ir a pedir el aguinaldo, de casa en casa, y siempre nos invitaban a entrar, y nos ofrecían turrón y anís, a cambio de nuestros villancicos.

EN LA JUVENTUD

Pasados unos años, me acuerdo nítidamente de mis primeras navidades embarcada. Recuerdo que el ambiente del barco era muy entrañable, y nunca podré olvidar que volviendo de Augusta(Sicilia), y a la altura del Estrecho, camino de Tenerife, recibí una llamada telefónica, a través de la radio costera de“Tarifa”, para decirme que mi amado padre estaba en el hospital con un Infarto de Miocardio, hacía dos semanas. Recuerdo que llegando a Tenerife, y a pesar de mi sana costumbre, por aquel entonces, de no probar el alcohol, descorchamos varias botellas de champán, para regar el abundante marisco, y me despedí de los oficiales, porque en cuanto atracamos, un 24 de diciembre me fui al aeropuerto y volé sola hasta Sevilla, donde pasé la noche con mi tía Pilar. Cuando el día 25 llegué a casa, mi padre ya tenía el alta. Siempre creí que la culpa del infarto la había tenido yo por no telefonear justamente, por una vez en mi vida, en aquella recalada.
Al año siguiente pase la navidad a 30 grados. En Abidján (Costa de Marfil), un lugar increíblemente seductor, Aquella nochebuena, atracados al muelle con un barco frigorífico, el Faro Cádiz, se nos fueron abarloando los pesqueros españoles que faenaban en el banco pesquero. Después de cenar, saltamos de unos barcos a otros unidos por la escala. Estuvimos en un mercante ruso, y en todos y cada uno de los de bandera española, casi todos vascos. Pasar la navidad en el ecuador es una sensación muy diferente.

EN LA PLENITUD

Acababa de nacer mi primogénita, Eugenia, como mi madre. Era una niña preciosa, con la piel rosada y brillante, la cabecita lisa, y unos ojazos azules que se abrían como faros, en cuanto se iban las visitas. Nació el 11 de diciembre del 87. Yo estaba en Cádiz. Mi padre, y mi madre, habían venido desde Cáceres, a esperar conmigo el feliz acontecimiento. El 24 de diciembre, llegó recién desembarcado el padre de la niña, que hasta ese día no la había visto.

EN LA MADUREZ

Con 42 años, una niña de trece años, y otra de ocho el cáncer me marcó. El día de nochebuena estaba muerta de miedo, en pleno tratamiento de quimioterapia, porque me dolía una pierna, y temía que pudiera tratarse de una metástasis de hueso. Afortunadamente, las pruebas resultaron negativas, y ese día me prometí a mí misma no peder ni un minuto más por causa del pánico. Pero aquellas navidades, probablemente fueron las más tristes de mi vida.
Mi niña chica decía diez veces mamá en una frase de quince palabras. ¿Cómo podría vivir sin mí?¿Quién iba a quererla tanto como yo? Y Eugenia, con trece añitos, tan dependiente todavía, tan enmadrada, ¿quién sería capaz de entenderla, mimarla y estar pendiente de ella como yo?. Miraba a mis hijas, y me miraba yo, abatida, mutilada, calva, esquelética, y con una especie de nudo en el tuvo digestivo que no me dejaba pasar a penas nada.
Yo no me quería morir. No quería que mis hijas se quedaran solas, no querían que sufrieran por mi ausencia, pero tampoco por mi dolorosa presencia, si las cosas se complicaban. No sabía que hacer, pero mientras esperaba los resultados de las pruebas, guarde en mi mesilla un cuter, de hoja afilada. Aunque no creo en dios entonces recé, para tirar cinco años más.

Tres años más tarde, y unos días antes de navidad, estaba otra vez en el hospital operándome nuevamente de cáncer en la mama colateral. Mila tenía ya 11 años, y Eugenia16. pensé que con un poco de suerte tendría tiempo de criarlas.

De aquello hace ahora dos años. Ya han pasado los cinco años que pedí, y sigo sin querer morirme. Creo que estoy curada, pero sigo teniendo muchas veces miedo. Miedo incluso de escribir sobre ese tema. Miedo de hacer algo que, sin saberlo yo, lo estropeé todo.

AHORA

Estas navidades he pasado de compras, y preparativos. Por primera vez en mi vida ha llegado el día 24 sin que ponga el nacimiento. No puedo perder tiempo. Quiero beberme la vida a grandes tragos. Quiero ser feliz. Quiero vivir cada minuto.
Milagrosa Carrero Sánchez

Saturday, April 15, 2006

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Sunday, February 05, 2006

ANTES DEL 78: LA CONCIENCIACIÓN Y EL DESPERTAR

Para los que nos habíamos criado mamando los “ principios del Movimiento Nacional”, y escuchando machaconamente lo de una, grande y libre, mientras aprendíamos el funcionamiento de los pocos órganos de participación, marcadamente machistas, usados durante la dictadura franquista, o del sindicato vertical fascista, en la asignatura obligatoria de “Formación Política, Social y Cívica”, o Formación del Espíritu Nacinal” –Que ambos nombres tuvo-, los que hemos asistido, durante una infancia entera, a los multitudinarios actos de aclamación popular al generalísimo, cada vez que se inauguraba una de las obras de ingeniería que se acometieron durante la dictadura, los que hemos rezado cada mañana, de pié frente al crucifijo, en la escuela de los años 60, en esa escuela en que los niños pobres, se escindían del sistema educativo a partir de los 10 años, para todos nosotros los aires de cambios que precedieron, y siguieron a la muerte de Franco supusieron una conmoción que marcó nuestra personalidad, con una especie de sello generacional, en forma de conciencia colectiva.

Yo nací el 12 de junio de 1959, a la hora de la siesta, bajo ese sol abrasador del verano extremeño, que incita a las chicharras a quejarse, mientras todos reposan la comida. Tenía 16 años cuando, tras una larga espera, un 20 de noviembre de 1975, vimos la bandera del instituto a media acta, desatando una especie de alegría general, que inundó el Norba Caeserina de Cáceres, que entonces era el Instituto Femenino, justo enfrente del masculino, el Brocense.

Por aquél entonces algunos profesores del Instituto, comenzaban a moverse dentro de sus posiciones ideológicas, y aunque los partidos políticos estaban prohibidos, se permitían reuniones, teóricamente clandestinas, -por carecer de autorización administrativa, ya que tampoco existía el derecho de reunión- organizadas por los propios profesores, que militaban en los diferentes partidos políticos en la clandestinidad, y en las que exponían los planteamientos de sus respectivos grupos.

Mis amigas y yo , íbamos a todas, y yo no tardé en darme cuenta de cual era la opción política de izquierdas, que podía aglutinar a un electorado más amplio tras su legalización, y ni cortas ni perezosas, allá que nos fuimos todas, a pedirle a Don Pablo Naranjo, director del Instituto, por aquel entonces, y militante histórico del PSOE, que incluso había estado la cárcel como preso político, que nos metiera en las Juventudes Socialistas.

Tina y Ana, dos gemelas idénticas, que eran junto con Belén mis mejores amigas, Marceliano Solís, alumno del masculino, que había preparado con nosotras la obra de teatro “un Soñador para un Pueblo” de Buero Ballejo, y yo, ingresamos en el Partido con la pasión incondicional de la fe. Marceliano y yo pasábamos las tardes de los fines de semana en la sede del partido, un cuchitril alquilado en la calle Parra, por si alguien venía, todo ello desinteresadamente.

Aquí en Cáceres, éramos pocos militantes. Recuerdo, sobre todo, a Don Pablo Naranjo, con su aspecto paternal, y respetuoso, a Federico Suárez, que era un estudiante de magisterio, todo nobleza, y dispuesto a hacer muy pocas concesiones, a Francisco Javier Hernández de Cáceres –Pino-, tambien de magisterio, que era la propia imagen de la libertad, desinhibido, y espontáneo, y que a mí me resultaba personalmente adorable, a Marceliano Solís, para mí Ensenada -nombre del personaje que interpretaba en la obra de Teatro que habíamos preparado- que era ese amigo que escucha todos tus problemas, y al que estás dispuesta a perdonarle cualquier cosa, que lo aceptas como es, o como quiera ser, y que recuerdas con nostalgia toda la vida, a Desiderio Guerra, entrañable y generoso, muy cariñoso con las mellis y conmigo. A veces venía Belén, que era mi mejor amiga....

Nos habíamos empapado de Marx, y Engels, escuchábamos a Víctor Jara, y admirábamos al Che. Pero sobre todo éramos gente, por lo general convencida, con una arraigada conciencia de clase, y una enorme preocupación por los problemas sociales y políticos. Estabamos dispuestos a luchar desinteresadamente por la materialización de nuestras ideas, y decididos a aportar todo lo que estuviera en nuestra mano.

Aquél primer año, antes de la legalización del partido, nos reuníamos una vez a la semana, como mínimo, y como todos teníamos algún cargo o cometido, visitábamos casi a diario la sede. Luego llegó la legalización, y posteriormente la convocatoria de las primeras elecciones.

Yo era menor de edad, tenía 17, y la mayoría era a los 21, justo los 4 años que me llevaban Pino y Federico, que desde el primer momento se dedicaron a dar mítines, por los pueblos, acompañando a Pablo Castellanos, nuestro candidato, un hombre interesante, licenciado en Derecho, con una sólida formación política, y una amplia cultura, que arrastraba a cuantos le rodeaban, con su elocuencia.

Para entonces habíamos alquilado el viejo hotel Álvarez entero, aprovechando que tenía que cerrar para ser rehabilitado. Vino mucha gente de Madrid, y nos mandaron montones de carteles para la campaña, con fotos de Felipe González, que era prácticamente un desconocido, hasta entonces, y pegatinas con el puño y la rosa. Recuerdo la pegada de carteles del primer día de campaña, todos a una. ¡Era todo tan romántico! ¡ Aún escucho el eco de nuestras voces cantando la Internacional!.

Yo estudiaba COU, y con el follón de la campaña electoral, los mítines, las pegatinas, los carteles y demás movidas, aprendí unas cuantas cosas, y disfruté de irrepetibles experiencias, pero eso sí, bajé un montón en la selectividad.

Luego me fuí a Cádiz a Estudiar Naútica, y estando allí, fue cuando una noche pletórica de ilusiones, en octubre del 82, el PSOE ganó las elecciones generales, -en las que pude votar por primera vez-. Con el corazón encogido, fuimos asistiendo al recuento de votos, desde una especie de Pista Polideportiva, con una gran pantalla, el conmovedor escrutinio, que llevó, por primera vez después de Franco, al gobierno, al Partido Socialista Obrero Español.

Milagrosa Carrero Sánchez

Monday, January 23, 2006

EL SUEÑO
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Cuando el agotamiento del insomnio, te atrapa en una tortuosa vigilia, en la que la inmensa noche te devuelve a la soledad de tu propia existencia, sin otra compañía que un angustioso miedo, caer en el sueño reparador es escaparse.

Si la muerte no te ha acechado haciéndote sentir verdadera angustia, si no has temido el proceso de una enfermedad diagnosticada, o si no has temblado a la espera de un resultado médico, si no has llorado por tus hijos en la antesala de tu propia muerte presentida, si las dolorosas circunstancias de la vida no te han llevado a ser presa del pánico, es difícil que comprendas lo que puede llegar a ser una noche de duermevela, en la que cada despertar te recuerda muy a tu pesar, quien eres, y te enseña a valorar el regalo que para los desdichados, que hemos pasado por esta experiencia, significa el sueño reparador.

Caer dulcemente en el sueño, es volar a un mundo mágico, de matizadas luces nocturnas, en los amplios interiores de casas antiguas, llenas de vida, por las que se pasean mis seres queridos, algunos ya ausenten. Es recuperar mi infancia, mi juventud, y la de todos los que me han rodeado, en un mundo en el que también están mis hijas. Es volver a abrazar a mi padre.

En sueños, a veces, asisto a elegantes fiestas nocturnas, en las que soy otra vez, una muchacha, que despreocupadamente, y liberada del miedo, me abandono ligera como el viento, casi volando, y palpitando como una adolescente en otros brazos.

A veces el sueño se me convierte en un alivio de la propia lucha diaria, que además de alimentar mi maltratado cuerpo, reconforta mi espíritu, y gratifica mi mente, devolviéndole a mis sentidos el deseo de sentirse vivos, como un celestial regalo:
Caer, caer, caer...como flotando entre algodonosas nubes que amortiguan mi caída hasta los abismos de sueño.

Milagros Carrero Sánchez

Wednesday, January 11, 2006

EL AMOR

¿Puede evitarse el amor? Para mí fue tan inevitable como crecer, inesperado, y arrasador. Me refiero al gran amor que, como agua hirviendo, te deja curtida, inmunizada...

“Él era alto y rubio, como la cerveza”, y olía a limpio. Tenía un cabello sedoso que le acariciaba el cuello. Y era todo lo dulce, y tímido que puede ser un hombre: lo más alejado del prototipo viril.

En ningún momento me hubiese imaginado que un ser tan inofensivo, y con un aspecto tan frágil, pudiera abducir mi voluntad. Pero la inexperiencia jugaba en mi contra, y absolutamente desprevenida, me abrí completamente a mi relación con él, con una entrega, sólo posible, en ausencia del más mínimo recelo, y me enamoré hasta la médula, sin poder, ni querer evitarlo.

La nuestra era una relación tormentosa en la que los periodos de plenitud se sucedían de intervalos, cada vez más frecuentes, de tumultuosas escenas violentas, en los que yo me quebraba la cabeza intentando buscar soluciones, y él se dejaba arrastrar por una especie de reacción esquizofrénica que le daba la vuelta a todo, y lo sumía en un sentimiento de frustración que lo aislaba en una realidad diferente, reventándome cualquier intento de comunicación con él. Entonces se volvía huraño, se le irritaba la úlcera de estómago y a me odiaba.

¡Cuantos llanto he derramado entre las sábanas con la certeza y el temor de perderlo! No podía imaginarme la vida sin él.

Era un alemán, hijo de alemanes, inmigrantes en España, que llegó a aquí con 5 años, y aun no había logrado perfeccionar el acento. Había crecido entre dos culturas, la de su casa, presidida por una madre cuyo desprecio a todo lo español se evidenciaba en su negativa a aprender el idioma; y la del entorno, el Colegio, los amigos, las chicas... Siempre he creído que su doble vida era la causa de su perfil esquizofrénico.

Tenía sólo 21 años, uno menos que yo. Compartíamos un piso de estudiantes en Cádiz, con vistas a la playa victoria, que es uno de esos lugares donde acude la gente desde el otoño, hasta la primavera a ver las espléndidas puestas de sol. Una estudiante de medicina de Badajoz, y otro pacense de náutica, eran los otros dos compañeros del piso.
En época de exámenes estudiábamos hasta el alba, que salíamos a dar un paseo por la playa, antes de dormir, o de irnos a la cama, porque en aquel tiempo, el sueño era secundario. Nos excedíamos en todo, no conocíamos los límites.

Cádiz era una ciudad propicia al esparcimiento, nadie nos conocía, y nos ofrecía una sensación de libertad que paseábamos de la plaza de Falla, a la de Minas, pasando por la de San Antonio, y sin olvidar nunca la de Candelaria, pero el Parque Genovés era donde pasábamos más tiempo, aparte de la playa, por estar junto a la Escuela, y ¿como no? en la alameda Apodaca presidiendo el malecón, de cara a los acantilados viendo acercarse los barcos hacia la bocana del puerto, sorteando los tres bajos señalados por el faro de Las Puercas, El Monje, y Los Cochinos, que tantas veces había de enfilar en el futuro.

¿Cómo no entregarse al amor cuando nunca se ha amado, a esa edad, y en un lugar así? ¿Cómo no abandonarse?

Milagrosa Carrero Sánchez