viernes, diciembre 11, 2015

Por fin Madre

Fue un 11 de diciembre.

Nacida de unos padres que se amaban y orgullosa como estaba de ellos, desde mi tierna infancia había acariciado el deseo de ser madre mientras cuidaba primorosamente a un adorado muñeco de trapo que hacía las veces de mi bebé.

Allí estaban ellos, ya casi ancianos, ayudándome a preparar las cosas entre contracción y contracción para irnos a a clínica.

Yo vivía en Cádiz, y desde el balcón se veía el mar, se oían las olas y se olía el salitre.

Fue en una vieja clínica del casco antigua, donde el doctor Abreu nos atendió en ese trascendental momento que cambió mi vida. El método consistía en dormir a la parturienta en el momento de la expulsión para proceder tranquilos a las correspondientes suturas y aliviar a la madre.

Fue ya anochecido, tras más de 12 horas de dilatación y yo debía estar exhausta porque varias horas tras el parto aun estaba dormida.

Fue mi madre la que me despertó y me la puso en los brazos. Era la criatura más hermosa que yo hubiera visto jamás. La niña más bonita del mundo, con la carita redondita y rosada. Le pregunté insistentemente a mi madre si la niña estaba bien y la hice repetirme varias veces que lo estaba. Yo estaba llorando y mi madre me decía que no llorara pero yo no lo podía evitar. Entonces supe lo que es llorar de felicidad y por primera vez lo que era el miedo.


Mila Carrero Sánchez

miércoles, diciembre 28, 2011

Al otro lado del amor


Ah el amor… inesperado, ingrato, excesivo, doloroso, tierno… tiene la facultad de devolverme a mi más candorosa adolescencia, me despoja de prejuicios, me inunda de energía, me satura de generosidad.

De pronto me encontré aliviando la hinchazón de mis enrojecidos párpados tras la incontenible persistencia de un llanto que a duras penas se transformaba en un agónico nudo, en mi garganta, encerrando la pena en el interior de mi cuerpo y en lo más profundo de mi alma. ..

Nunca me hubiera imaginado cuando lo conocí que aquel respetable señor, de sonrisa amable, significara el menor peligro para mi estabilidad emocional o mi equilibrio afectivo. Vamos que cuando, una tarde de cine, se atrevió a ofrecerme algo más que alguna galante zalamería, sólo aprecié en su mano la fiable caricia de un amigo.

¡Cuánto habría dado yo por volver una vez más a enamorarme! , pero no pensé que fuera el caso, o al menos eso creía yo.

¿Vosotros os habéis enamorado? ¿Habéis sentido como el torrente imparable del amor os inundaba, como una ola gigante, frente a la que es inútil oponer resistencia? ¿Habéis sentido como os derretíais con un beso del ser amado, os habéis rendido a sus deseos, os habéis abandonado a su voluntad?

Él era dulce, cálido, amigable, y cada noche estaba allí, con su regazo dispuesto a acogerme. ¡Nunca he dormido tan a gusto!. Yo estaba loca por él. Mi mayor aspiración era perderme entre sus brazos. Lo mimaba, lo inundaba de caricias, lo besaba hasta llenarlo de deseo. Me sentía pletórica y anteponía mi pasión a cualquier otro deseo. Todas las actividades que me habían llenado hasta entonces pasaron a un segundo plano, desatendía mis blogs, mis correos, los periódicos en los que anteriormente me complacía publicar mis artículos de opinión. .. Dejaba conscientemente que me humillara, y cada fin de semana esperaba ansiosa su regreso de los brazos de la mujer a la que amaba.

Mila Carrero

domingo, abril 24, 2011




LA FRUSTRACIÓN AMOROSA


No puedo hablar de desamor porque no reconozco haberlo padecido. Es decir, no recuerdo haber dejado de amar al ser querido en el transcurso de una historia de amor. En cambio puedo considerarme experta en la frustración amorosa porque “lo mío”, al uno o al otro lado de la “película”, siempre han sido amores no correspondidos.


Cuando eres el objeto del amor de otro- y excluyo deliberadamente los casos de acoso- , esta situación puede resultarte incómoda, divertida, violenta, placentera, y hasta útil desde el punto de vista práctico, o en algún caso necesaria para la propia vida, pero a juzgar por mi experiencia he llegado a la conclusión de que en todas las ocasiones somos incapaces de corresponder o, ni tan siquiera, de ponernos en el pellejo del “amante”. Son historias que, largas o cortas, pasan por nuestra vida sin pena ni gloria, que no nos desequilibran emocionalmente. No nos afectan. En el mundo de mis recuerdos son experiencias casi anecdóticas.


Curiosamente, cuando la que amo soy yo, llega un momento en que también da lo mismo lo que haga mi “amado”, o lo que diga, o lo que piense, o lo que sienta, porque nada pueda frenar el arrollador e inevitable sentimiento que me inspira. Los que, como yo, habéis tenido “la suerte” de amar me entenderéis.


Y es verdad que el amor no tiene edad, ni color, ni sexo, ni defecto, ni límite, ni medida. Yo sé lo que es amar. El hombre al que yo amo es único para mí. Es el mejor, y es insustituible. Mi vida sin él pierde todo su sentido, me angustia el simple pensamiento de perderlo y su desprecio me precipita a un pozo sin fondo del que no quiero que nadie, que no sea él, me saque. Entonces me quedo allí, esperando, sin dejar que se me acerquen, pendiente de una señal suya…no sé durante cuánto tiempo.


Vivo el amor en una dimensión en la que el tiempo parece estar atrapado en una burbuja y, cuando además me siento correspondida, el único temor que me atosiga es el de que pueda romperse. Amar es, en sí mismo, una droga más que dura, para mí, pero zambullirme en la plenitud de las sensaciones y los sentimientos de un amor compartido, deja mi voluntad en manos de “mi amor”, y el síndrome de abstinencia que su ausencia me provoca sólo es comparable a la tristeza en que me sume su rechazo.


Entonces una palabra suya es lo único que puede devolverme al mundo, y me quedo como paralizada, con los ojos cerrados, tapándome los oídos.. .



Mila Carrero




jueves, abril 21, 2011

EL AMOR. LA OTRA DIMENSIÓN



Imaginadme sumergida, empapada hasta el tuétano, perdidamente enamorada, y flotando en una dimensión a la que no sabía ni cuando, ni como, había llegado, pero en la que cada molécula del aire que respiraba me llegaba invariablemente a través de él, que me acariciaba como a un gatito y me consentía como a una niña.


Aunque todo esto os suene inmoral, y al margen de la ética, mis prioridades se habían desmoronado y supongo que guardé mis principios en la maleta, junto a mi inseparable sistema de valores.


Dormir en su regazo era como flotar en el líquido amniótico, sabiendo que fuera te espera el infierno de la vida.


No sé que me pasó …

jueves, diciembre 31, 2009

LA SOLEDAD

Un goteo de petardos salpicaba el eco de la lluvia.

Era una mágica Nochevieja, con los arcones frigoríficos repletos de cavas, marisco, y champan, la carrera de San Silvestre en las calles y los fuegos artificiales en la plaza.

Los mozos, ignorando el frio, paseaban sus impecables trajes de chaqueta expresamente estrenados para el evento, al igual que las chicas, de fiesta todas, con sus vertiginosos tacones, su melena planchada, y sus inocentes rostros cargados de maquillaje, todos ellos caminando hacia el lugar de encuentro.

Años atrás me hubiera entretenido en teclear felicitaciones de “año nuevo” en el móvil, hoy prefería brindar con la inevitable presencia de la realidad cotidiana, mientras los vecinos, atrapados en el tic tac del tiempo, bombardeaban la calle con cohetes, petardos, y bengalas desde los balcones.

Y aunque hubiera querido atravesar el umbral del año nuevo con la mano apretada,tras haberme liberado de gran parte de mis cadenas, estaba, como tantas miles de personas de mi alrededor, sola.

Mila Carrero



sábado, febrero 02, 2008

EL DECLIVE

Por fin estaba allí, con cerca de cincuenta a las espaldas, en esa zona de la vida que se llama envejecer, y estaba sola, como a los doce, cuando era un patito feo todavía, con la misma sensación de estar en medio del camino que al principio, y con los mismos deseos que colmar aunque desde el otro lado del espejo me mirara esa otra Mila, que me condiciona y me limita.

Acababa de divorciarme y veía pasar mis horas entre el ordenador y la rutina sintiendo como cada segundo que consumía se me incendiaba entre las manos, y como mi capacidad de frustración parecía no tener límites.

Ni que decir tiene que ya hacía tiempo que mi cuerpo había traspasado la frontera de la invisibilidad, y que había visto transformarse sus encantos en digna elegancia… mientras mis sueños seguían saturados de pasión, abiertos a que alguien, tan arrollador como mi mente es capaz de interpretar, tan brillante como mis ojos son capaz de ver, tan irresistible como soy capaz de desearlo yo, se hiciera un sitio a medio camino entre mi corazón y mi “cabeza”.

Milagrosa Carrero Sánchez

sábado, diciembre 23, 2006

NAVIDADES



Es curioso que en 47 años de vida, y con esta contaré 48 navidades, por algún motivo que escapa a mi comprensión, conservo en mi memoria cada detalle de varias de ellas.

EN LA INFANCIA

Las de mi infancia eran mágicas. Mi familia, como aquella gente de pueblo de aquel entonces, vivía en un mundo de ritos, que por estas fechas, incluía un nacimiento con verdadera hierba, de nuestro “corral” -una especie de parcela con gallinero, cuadras, y hasta un abrevadero para el ganado-, que como una manta de césped, trasplantábamos al belén, con sus raíces hundidas en la tierra, con un fondo de arbustos cuajados de madroños, que empezaban adornando y acababan en nuestros infantiles y caprichosos paladares, y con un río que nacía en la montaña y acababa en un lago de papel de plata, cubierto con un cristal, alrededor del que se inclinaban las lavanderas a enjabonar la ropa, y a beber las ovejitas, y que a pesar de la nieve estaba lleno de patos y cisnes. Como solíamos participar en el concurso municipal de belenes, colocábamos la composición artística en una sala al efecto, en el piso de abajo, para que, como era la costumbre, recibiera la visita de los vecinos. Los niños solíamos cantar villancicos, con la pandereta delante del nacimiento, y cada día acercábamos los reyes unos pasos, al portal, alejándolos del palacio del malvado Herodes, allá en lo alto de la montaña, de corcho. El día de nochebuena, después de cenar nos visitábamos unos a otros, entre tíos, hermanos, y sobrinos, y todos íbamos a casa de los abuelos; Y el día “del año”, tras las uvas, nunca faltábamos a “la misa del gallo”, a besar el pie al "niño".

EN LA ADOLESCENCIA

Pasado el tiempo, y siendo yo ya adolescente, la navidad era el regreso, y aunque vivíamos en la capital, pasábamos las vacaciones navideñas en el pueblo, donde aprovechábamos para hacer la matanza, y dejar medio seca “la chacina”, antes del la vuelta. Eso sí era una verdadera fiesta de participación. Allí trabajaba todo el mundo, la familia, los vecinos, y las vecinas, y los amigos más dispuestos, mandil o ropa de faena, y arremangados, madrugaban para echar una mano, o las dos si era preciso, que lo era. Eran unas vacaciones que me encantaban. Recuerdo que por las mañanas, disfrutaba rompiendo el carámbano de los charcos, antes de desayunar café con migas, junto a la lumbre de la chimenea, que se encendía el día de la matanza para hervir el agua con que escaldábamos la piel del cerdo sacrificado, una vez chamuscada, para dejarla pelada, y se continuaba encendiendo cada mañana, durante varios días para, ahumar la chacina, y favorecer que se “curara”. La lumbre era el mejor de los reclamos, y allí desayunábamos, almorzábamos, comíamos, merendábamos y cenábamos.
Por las noches, los mozos y las mozas, formábamos grandes pandillas para ir a pedir el aguinaldo, de casa en casa, y siempre nos invitaban a entrar, y nos ofrecían turrón y anís, a cambio de nuestros villancicos.

EN LA JUVENTUD

Pasados unos años, me acuerdo nítidamente de mis primeras navidades embarcada. Recuerdo que el ambiente del barco era muy entrañable, y nunca podré olvidar que volviendo de Augusta(Sicilia), y a la altura del Estrecho, camino de Tenerife, recibí una llamada telefónica, a través de la radio costera de“Tarifa”, para decirme que mi amado padre estaba en el hospital con un Infarto de Miocardio, hacía dos semanas. Recuerdo que llegando a Tenerife, y a pesar de mi sana costumbre, por aquel entonces, de no probar el alcohol, descorchamos varias botellas de champán, para regar el abundante marisco, y me despedí de los oficiales, porque en cuanto atracamos, un 24 de diciembre me fui al aeropuerto y volé sola hasta Sevilla, donde pasé la noche con mi tía Pilar. Cuando el día 25 llegué a casa, mi padre ya tenía el alta. Siempre creí que la culpa del infarto la había tenido yo por no telefonear justamente, por una vez en mi vida, en aquella recalada.
Al año siguiente pase la navidad a 30 grados. En Abidján (Costa de Marfil), un lugar increíblemente seductor, Aquella nochebuena, atracados al muelle con un barco frigorífico, el Faro Cádiz, se nos fueron abarloando los pesqueros españoles que faenaban en el banco pesquero. Después de cenar, saltamos de unos barcos a otros unidos por la escala. Estuvimos en un mercante ruso, y en todos y cada uno de los de bandera española, casi todos vascos. Pasar la navidad en el ecuador es una sensación muy diferente.

EN LA PLENITUD

Acababa de nacer mi primogénita, Eugenia, como mi madre. Era una niña preciosa, con la piel rosada y brillante, la cabecita lisa, y unos ojazos azules que se abrían como faros, en cuanto se iban las visitas. Nació el 11 de diciembre del 87. Yo estaba en Cádiz. Mi padre, y mi madre, habían venido desde Cáceres, a esperar conmigo el feliz acontecimiento. El 24 de diciembre, llegó recién desembarcado el padre de la niña, que hasta ese día no la había visto.

EN LA MADUREZ

Con 42 años, una niña de trece años, y otra de ocho el cáncer me marcó. El día de nochebuena estaba muerta de miedo, en pleno tratamiento de quimioterapia, porque me dolía una pierna, y temía que pudiera tratarse de una metástasis de hueso. Afortunadamente, las pruebas resultaron negativas, y ese día me prometí a mí misma no peder ni un minuto más por causa del pánico. Pero aquellas navidades, probablemente fueron las más tristes de mi vida.
Mi niña chica decía diez veces mamá en una frase de quince palabras. ¿Cómo podría vivir sin mí?¿Quién iba a quererla tanto como yo? Y Eugenia, con trece añitos, tan dependiente todavía, tan enmadrada, ¿quién sería capaz de entenderla, mimarla y estar pendiente de ella como yo?. Miraba a mis hijas, y me miraba yo, abatida, mutilada, calva, esquelética, y con una especie de nudo en el tuvo digestivo que no me dejaba pasar a penas nada.
Yo no me quería morir. No quería que mis hijas se quedaran solas, no querían que sufrieran por mi ausencia, pero tampoco por mi dolorosa presencia, si las cosas se complicaban. No sabía que hacer, pero mientras esperaba los resultados de las pruebas, guarde en mi mesilla un cuter, de hoja afilada. Aunque no creo en dios entonces recé, para tirar cinco años más.

Tres años más tarde, y unos días antes de navidad, estaba otra vez en el hospital operándome nuevamente de cáncer en la mama colateral. Mila tenía ya 11 años, y Eugenia16. pensé que con un poco de suerte tendría tiempo de criarlas.

De aquello hace ahora dos años. Ya han pasado los cinco años que pedí, y sigo sin querer morirme. Creo que estoy curada, pero sigo teniendo muchas veces miedo. Miedo incluso de escribir sobre ese tema. Miedo de hacer algo que, sin saberlo yo, lo estropeé todo.

AHORA

Estas navidades he pasado de compras, y preparativos. Por primera vez en mi vida ha llegado el día 24 sin que ponga el nacimiento. No puedo perder tiempo. Quiero beberme la vida a grandes tragos. Quiero ser feliz. Quiero vivir cada minuto.
Milagrosa Carrero Sánchez