sábado, diciembre 23, 2006

NAVIDADES



Es curioso que en 47 años de vida, y con esta contaré 48 navidades, por algún motivo que escapa a mi comprensión, conservo en mi memoria cada detalle de varias de ellas.

EN LA INFANCIA

Las de mi infancia eran mágicas. Mi familia, como aquella gente de pueblo de aquel entonces, vivía en un mundo de ritos, que por estas fechas, incluía un nacimiento con verdadera hierba, de nuestro “corral” -una especie de parcela con gallinero, cuadras, y hasta un abrevadero para el ganado-, que como una manta de césped, trasplantábamos al belén, con sus raíces hundidas en la tierra, con un fondo de arbustos cuajados de madroños, que empezaban adornando y acababan en nuestros infantiles y caprichosos paladares, y con un río que nacía en la montaña y acababa en un lago de papel de plata, cubierto con un cristal, alrededor del que se inclinaban las lavanderas a enjabonar la ropa, y a beber las ovejitas, y que a pesar de la nieve estaba lleno de patos y cisnes. Como solíamos participar en el concurso municipal de belenes, colocábamos la composición artística en una sala al efecto, en el piso de abajo, para que, como era la costumbre, recibiera la visita de los vecinos. Los niños solíamos cantar villancicos, con la pandereta delante del nacimiento, y cada día acercábamos los reyes unos pasos, al portal, alejándolos del palacio del malvado Herodes, allá en lo alto de la montaña, de corcho. El día de nochebuena, después de cenar nos visitábamos unos a otros, entre tíos, hermanos, y sobrinos, y todos íbamos a casa de los abuelos; Y el día “del año”, tras las uvas, nunca faltábamos a “la misa del gallo”, a besar el pie al "niño".

EN LA ADOLESCENCIA

Pasado el tiempo, y siendo yo ya adolescente, la navidad era el regreso, y aunque vivíamos en la capital, pasábamos las vacaciones navideñas en el pueblo, donde aprovechábamos para hacer la matanza, y dejar medio seca “la chacina”, antes del la vuelta. Eso sí era una verdadera fiesta de participación. Allí trabajaba todo el mundo, la familia, los vecinos, y las vecinas, y los amigos más dispuestos, mandil o ropa de faena, y arremangados, madrugaban para echar una mano, o las dos si era preciso, que lo era. Eran unas vacaciones que me encantaban. Recuerdo que por las mañanas, disfrutaba rompiendo el carámbano de los charcos, antes de desayunar café con migas, junto a la lumbre de la chimenea, que se encendía el día de la matanza para hervir el agua con que escaldábamos la piel del cerdo sacrificado, una vez chamuscada, para dejarla pelada, y se continuaba encendiendo cada mañana, durante varios días para, ahumar la chacina, y favorecer que se “curara”. La lumbre era el mejor de los reclamos, y allí desayunábamos, almorzábamos, comíamos, merendábamos y cenábamos.
Por las noches, los mozos y las mozas, formábamos grandes pandillas para ir a pedir el aguinaldo, de casa en casa, y siempre nos invitaban a entrar, y nos ofrecían turrón y anís, a cambio de nuestros villancicos.

EN LA JUVENTUD

Pasados unos años, me acuerdo nítidamente de mis primeras navidades embarcada. Recuerdo que el ambiente del barco era muy entrañable, y nunca podré olvidar que volviendo de Augusta(Sicilia), y a la altura del Estrecho, camino de Tenerife, recibí una llamada telefónica, a través de la radio costera de“Tarifa”, para decirme que mi amado padre estaba en el hospital con un Infarto de Miocardio, hacía dos semanas. Recuerdo que llegando a Tenerife, y a pesar de mi sana costumbre, por aquel entonces, de no probar el alcohol, descorchamos varias botellas de champán, para regar el abundante marisco, y me despedí de los oficiales, porque en cuanto atracamos, un 24 de diciembre me fui al aeropuerto y volé sola hasta Sevilla, donde pasé la noche con mi tía Pilar. Cuando el día 25 llegué a casa, mi padre ya tenía el alta. Siempre creí que la culpa del infarto la había tenido yo por no telefonear justamente, por una vez en mi vida, en aquella recalada.
Al año siguiente pase la navidad a 30 grados. En Abidján (Costa de Marfil), un lugar increíblemente seductor, Aquella nochebuena, atracados al muelle con un barco frigorífico, el Faro Cádiz, se nos fueron abarloando los pesqueros españoles que faenaban en el banco pesquero. Después de cenar, saltamos de unos barcos a otros unidos por la escala. Estuvimos en un mercante ruso, y en todos y cada uno de los de bandera española, casi todos vascos. Pasar la navidad en el ecuador es una sensación muy diferente.

EN LA PLENITUD

Acababa de nacer mi primogénita, Eugenia, como mi madre. Era una niña preciosa, con la piel rosada y brillante, la cabecita lisa, y unos ojazos azules que se abrían como faros, en cuanto se iban las visitas. Nació el 11 de diciembre del 87. Yo estaba en Cádiz. Mi padre, y mi madre, habían venido desde Cáceres, a esperar conmigo el feliz acontecimiento. El 24 de diciembre, llegó recién desembarcado el padre de la niña, que hasta ese día no la había visto.

EN LA MADUREZ

Con 42 años, una niña de trece años, y otra de ocho el cáncer me marcó. El día de nochebuena estaba muerta de miedo, en pleno tratamiento de quimioterapia, porque me dolía una pierna, y temía que pudiera tratarse de una metástasis de hueso. Afortunadamente, las pruebas resultaron negativas, y ese día me prometí a mí misma no peder ni un minuto más por causa del pánico. Pero aquellas navidades, probablemente fueron las más tristes de mi vida.
Mi niña chica decía diez veces mamá en una frase de quince palabras. ¿Cómo podría vivir sin mí?¿Quién iba a quererla tanto como yo? Y Eugenia, con trece añitos, tan dependiente todavía, tan enmadrada, ¿quién sería capaz de entenderla, mimarla y estar pendiente de ella como yo?. Miraba a mis hijas, y me miraba yo, abatida, mutilada, calva, esquelética, y con una especie de nudo en el tuvo digestivo que no me dejaba pasar a penas nada.
Yo no me quería morir. No quería que mis hijas se quedaran solas, no querían que sufrieran por mi ausencia, pero tampoco por mi dolorosa presencia, si las cosas se complicaban. No sabía que hacer, pero mientras esperaba los resultados de las pruebas, guarde en mi mesilla un cuter, de hoja afilada. Aunque no creo en dios entonces recé, para tirar cinco años más.

Tres años más tarde, y unos días antes de navidad, estaba otra vez en el hospital operándome nuevamente de cáncer en la mama colateral. Mila tenía ya 11 años, y Eugenia16. pensé que con un poco de suerte tendría tiempo de criarlas.

De aquello hace ahora dos años. Ya han pasado los cinco años que pedí, y sigo sin querer morirme. Creo que estoy curada, pero sigo teniendo muchas veces miedo. Miedo incluso de escribir sobre ese tema. Miedo de hacer algo que, sin saberlo yo, lo estropeé todo.

AHORA

Estas navidades he pasado de compras, y preparativos. Por primera vez en mi vida ha llegado el día 24 sin que ponga el nacimiento. No puedo perder tiempo. Quiero beberme la vida a grandes tragos. Quiero ser feliz. Quiero vivir cada minuto.
Milagrosa Carrero Sánchez

sábado, abril 15, 2006

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domingo, febrero 05, 2006

ANTES DEL 78: LA CONCIENCIACIÓN Y EL DESPERTAR

Para los que nos habíamos criado mamando los “ principios del Movimiento Nacional”, y escuchando machaconamente lo de una, grande y libre, mientras aprendíamos el funcionamiento de los pocos órganos de participación, marcadamente machistas, usados durante la dictadura franquista, o del sindicato vertical fascista, en la asignatura obligatoria de “Formación Política, Social y Cívica”, o Formación del Espíritu Nacinal” –Que ambos nombres tuvo-, los que hemos asistido, durante una infancia entera, a los multitudinarios actos de aclamación popular al generalísimo, cada vez que se inauguraba una de las obras de ingeniería que se acometieron durante la dictadura, los que hemos rezado cada mañana, de pié frente al crucifijo, en la escuela de los años 60, en esa escuela en que los niños pobres, se escindían del sistema educativo a partir de los 10 años, para todos nosotros los aires de cambios que precedieron, y siguieron a la muerte de Franco supusieron una conmoción que marcó nuestra personalidad, con una especie de sello generacional, en forma de conciencia colectiva.

Yo nací el 12 de junio de 1959, a la hora de la siesta, bajo ese sol abrasador del verano extremeño, que incita a las chicharras a quejarse, mientras todos reposan la comida. Tenía 16 años cuando, tras una larga espera, un 20 de noviembre de 1975, vimos la bandera del instituto a media acta, desatando una especie de alegría general, que inundó el Norba Caeserina de Cáceres, que entonces era el Instituto Femenino, justo enfrente del masculino, el Brocense.

Por aquél entonces algunos profesores del Instituto, comenzaban a moverse dentro de sus posiciones ideológicas, y aunque los partidos políticos estaban prohibidos, se permitían reuniones, teóricamente clandestinas, -por carecer de autorización administrativa, ya que tampoco existía el derecho de reunión- organizadas por los propios profesores, que militaban en los diferentes partidos políticos en la clandestinidad, y en las que exponían los planteamientos de sus respectivos grupos.

Mis amigas y yo , íbamos a todas, y yo no tardé en darme cuenta de cual era la opción política de izquierdas, que podía aglutinar a un electorado más amplio tras su legalización, y ni cortas ni perezosas, allá que nos fuimos todas, a pedirle a Don Pablo Naranjo, director del Instituto, por aquel entonces, y militante histórico del PSOE, que incluso había estado la cárcel como preso político, que nos metiera en las Juventudes Socialistas.

Tina y Ana, dos gemelas idénticas, que eran junto con Belén mis mejores amigas, Marceliano Solís, alumno del masculino, que había preparado con nosotras la obra de teatro “un Soñador para un Pueblo” de Buero Ballejo, y yo, ingresamos en el Partido con la pasión incondicional de la fe. Marceliano y yo pasábamos las tardes de los fines de semana en la sede del partido, un cuchitril alquilado en la calle Parra, por si alguien venía, todo ello desinteresadamente.

Aquí en Cáceres, éramos pocos militantes. Recuerdo, sobre todo, a Don Pablo Naranjo, con su aspecto paternal, y respetuoso, a Federico Suárez, que era un estudiante de magisterio, todo nobleza, y dispuesto a hacer muy pocas concesiones, a Francisco Javier Hernández de Cáceres –Pino-, tambien de magisterio, que era la propia imagen de la libertad, desinhibido, y espontáneo, y que a mí me resultaba personalmente adorable, a Marceliano Solís, para mí Ensenada -nombre del personaje que interpretaba en la obra de Teatro que habíamos preparado- que era ese amigo que escucha todos tus problemas, y al que estás dispuesta a perdonarle cualquier cosa, que lo aceptas como es, o como quiera ser, y que recuerdas con nostalgia toda la vida, a Desiderio Guerra, entrañable y generoso, muy cariñoso con las mellis y conmigo. A veces venía Belén, que era mi mejor amiga....

Nos habíamos empapado de Marx, y Engels, escuchábamos a Víctor Jara, y admirábamos al Che. Pero sobre todo éramos gente, por lo general convencida, con una arraigada conciencia de clase, y una enorme preocupación por los problemas sociales y políticos. Estabamos dispuestos a luchar desinteresadamente por la materialización de nuestras ideas, y decididos a aportar todo lo que estuviera en nuestra mano.

Aquél primer año, antes de la legalización del partido, nos reuníamos una vez a la semana, como mínimo, y como todos teníamos algún cargo o cometido, visitábamos casi a diario la sede. Luego llegó la legalización, y posteriormente la convocatoria de las primeras elecciones.

Yo era menor de edad, tenía 17, y la mayoría era a los 21, justo los 4 años que me llevaban Pino y Federico, que desde el primer momento se dedicaron a dar mítines, por los pueblos, acompañando a Pablo Castellanos, nuestro candidato, un hombre interesante, licenciado en Derecho, con una sólida formación política, y una amplia cultura, que arrastraba a cuantos le rodeaban, con su elocuencia.

Para entonces habíamos alquilado el viejo hotel Álvarez entero, aprovechando que tenía que cerrar para ser rehabilitado. Vino mucha gente de Madrid, y nos mandaron montones de carteles para la campaña, con fotos de Felipe González, que era prácticamente un desconocido, hasta entonces, y pegatinas con el puño y la rosa. Recuerdo la pegada de carteles del primer día de campaña, todos a una. ¡Era todo tan romántico! ¡ Aún escucho el eco de nuestras voces cantando la Internacional!.

Yo estudiaba COU, y con el follón de la campaña electoral, los mítines, las pegatinas, los carteles y demás movidas, aprendí unas cuantas cosas, y disfruté de irrepetibles experiencias, pero eso sí, bajé un montón en la selectividad.

Luego me fuí a Cádiz a Estudiar Naútica, y estando allí, fue cuando una noche pletórica de ilusiones, en octubre del 82, el PSOE ganó las elecciones generales, -en las que pude votar por primera vez-. Con el corazón encogido, fuimos asistiendo al recuento de votos, desde una especie de Pista Polideportiva, con una gran pantalla, el conmovedor escrutinio, que llevó, por primera vez después de Franco, al gobierno, al Partido Socialista Obrero Español.

Milagrosa Carrero Sánchez

lunes, enero 23, 2006

EL SUEÑO
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Cuando el agotamiento del insomnio, te atrapa en una tortuosa vigilia, en la que la inmensa noche te devuelve a la soledad de tu propia existencia, sin otra compañía que un angustioso miedo, caer en el sueño reparador es escaparse.

Si la muerte no te ha acechado haciéndote sentir verdadera angustia, si no has temido el proceso de una enfermedad diagnosticada, o si no has temblado a la espera de un resultado médico, si no has llorado por tus hijos en la antesala de tu propia muerte presentida, si las dolorosas circunstancias de la vida no te han llevado a ser presa del pánico, es difícil que comprendas lo que puede llegar a ser una noche de duermevela, en la que cada despertar te recuerda muy a tu pesar, quien eres, y te enseña a valorar el regalo que para los desdichados, que hemos pasado por esta experiencia, significa el sueño reparador.

Caer dulcemente en el sueño, es volar a un mundo mágico, de matizadas luces nocturnas, en los amplios interiores de casas antiguas, llenas de vida, por las que se pasean mis seres queridos, algunos ya ausenten. Es recuperar mi infancia, mi juventud, y la de todos los que me han rodeado, en un mundo en el que también están mis hijas. Es volver a abrazar a mi padre.

En sueños, a veces, asisto a elegantes fiestas nocturnas, en las que soy otra vez, una muchacha, que despreocupadamente, y liberada del miedo, me abandono ligera como el viento, casi volando, y palpitando como una adolescente en otros brazos.

A veces el sueño se me convierte en un alivio de la propia lucha diaria, que además de alimentar mi maltratado cuerpo, reconforta mi espíritu, y gratifica mi mente, devolviéndole a mis sentidos el deseo de sentirse vivos, como un celestial regalo:
Caer, caer, caer...como flotando entre algodonosas nubes que amortiguan mi caída hasta los abismos de sueño.

Milagros Carrero Sánchez

miércoles, enero 11, 2006

EL AMOR

¿Puede evitarse el amor? Para mí fue tan inevitable como crecer, inesperado, y arrasador. Me refiero al gran amor que, como agua hirviendo, te deja curtida, inmunizada...

“Él era alto y rubio, como la cerveza”, y olía a limpio. Tenía un cabello sedoso que le acariciaba el cuello. Y era todo lo dulce, y tímido que puede ser un hombre: lo más alejado del prototipo viril.

En ningún momento me hubiese imaginado que un ser tan inofensivo, y con un aspecto tan frágil, pudiera abducir mi voluntad. Pero la inexperiencia jugaba en mi contra, y absolutamente desprevenida, me abrí completamente a mi relación con él, con una entrega, sólo posible, en ausencia del más mínimo recelo, y me enamoré hasta la médula, sin poder, ni querer evitarlo.

La nuestra era una relación tormentosa en la que los periodos de plenitud se sucedían de intervalos, cada vez más frecuentes, de tumultuosas escenas violentas, en los que yo me quebraba la cabeza intentando buscar soluciones, y él se dejaba arrastrar por una especie de reacción esquizofrénica que le daba la vuelta a todo, y lo sumía en un sentimiento de frustración que lo aislaba en una realidad diferente, reventándome cualquier intento de comunicación con él. Entonces se volvía huraño, se le irritaba la úlcera de estómago y a me odiaba.

¡Cuantos llanto he derramado entre las sábanas con la certeza y el temor de perderlo! No podía imaginarme la vida sin él.

Era un alemán, hijo de alemanes, inmigrantes en España, que llegó a aquí con 5 años, y aun no había logrado perfeccionar el acento. Había crecido entre dos culturas, la de su casa, presidida por una madre cuyo desprecio a todo lo español se evidenciaba en su negativa a aprender el idioma; y la del entorno, el Colegio, los amigos, las chicas... Siempre he creído que su doble vida era la causa de su perfil esquizofrénico.

Tenía sólo 21 años, uno menos que yo. Compartíamos un piso de estudiantes en Cádiz, con vistas a la playa victoria, que es uno de esos lugares donde acude la gente desde el otoño, hasta la primavera a ver las espléndidas puestas de sol. Una estudiante de medicina de Badajoz, y otro pacense de náutica, eran los otros dos compañeros del piso.
En época de exámenes estudiábamos hasta el alba, que salíamos a dar un paseo por la playa, antes de dormir, o de irnos a la cama, porque en aquel tiempo, el sueño era secundario. Nos excedíamos en todo, no conocíamos los límites.

Cádiz era una ciudad propicia al esparcimiento, nadie nos conocía, y nos ofrecía una sensación de libertad que paseábamos de la plaza de Falla, a la de Minas, pasando por la de San Antonio, y sin olvidar nunca la de Candelaria, pero el Parque Genovés era donde pasábamos más tiempo, aparte de la playa, por estar junto a la Escuela, y ¿como no? en la alameda Apodaca presidiendo el malecón, de cara a los acantilados viendo acercarse los barcos hacia la bocana del puerto, sorteando los tres bajos señalados por el faro de Las Puercas, El Monje, y Los Cochinos, que tantas veces había de enfilar en el futuro.

¿Cómo no entregarse al amor cuando nunca se ha amado, a esa edad, y en un lugar así? ¿Cómo no abandonarse?

Milagrosa Carrero Sánchez




viernes, enero 06, 2006

LA MATERNIDAD
De pequeña yo tenia dos muñecos de trapo, Clifor y Jose Wens, como suena, los nombres de dos jugadores de baloncesto estrellas por aquel entonces: Cifford Luik y Wens Brabender, no se como se escribe. Eran dos “dormilones” con el cuerpo de tela, la cabeza de goma, y las manitas y los piecitos de plástico duro. Con ellos practiqué todas las pautas de comportamiento que veía en mis padres, y en otros padres cercanos con sus hijos. Les lavaba las caritas, los vestía, los sacaba de paseo, y los dormía en su improvisada cunita antes de dejarlos. Eran como mis hijos.
Puedo decir que tener hijos es algo que he deseado desde mí más tierna infancia, y aunque no se me ocurre ninguna explicación, ya entonces mi desarrollado instinto maternal me había hecho decidir que algún día sería madre.
Por eso cuando mi reloj biológico se detuvo en el impulso de perpetuar a mis antepasados, no dudé ni un momento en proponerle a mi recién casado marido, dejándolo más que sorprendido, que tuviéramos un hijo.
Y así, con la simplicidad de un tic, algo en mi mente saltó como un fusible, a las pocas horas de tener conciencia de mi primer embarazo, y pasé de la osadía a la prudencia, de la desfachatez a la medida, de pasearme por el filo del riesgo al temor. Se había despertado en mí el hormigueo de la responsabilidad sobre la vida de mi hija, y tomé una decisión radical: “no volver a embarcarme, abandonar mi carrera y buscar un trabajo que me permitiera criar personalmente a mis hijos, y controlar las riendas de su educación. No podía permitirme el lujo de pensarlo dos veces.
Mis años de lucha por la equiparación de la mujer, rompiendo con barreras me habían llevado a convertirme en la primera y única chica que estudiaba náutica en la Escuela Superior de la Marina Civil de Cádiz, durante mi época universitaria, y esta misma necesidad de eliminar prejuicios machistas me había conducido a la incomparable experiencia de embarcarme durante más de un año y medio, que se habían convertido en tres, con los periodos vacacionales, como Alumna de Puente, con categoría de Oficial, formando parte del primer grupo de mujeres que accedía a tal posición, tradicionalmente masculina, y siendo la única mujer tripulante durante todos mis periodos de embarque. Ahora había llegado el momento de pasar página humildemente.
Yo estaba sola, decepcionada, y nada parecía ajustarse a mis planes. Por las tardes de un otoño larguísimo paseaba por el paseo marítimo de Cádiz, junto a la Playa Victoria, a solas con la vida que se movía en mi vientre, como única compañía, viendo a los otros hablar, y pasear en grupos, o en pareja, reírse juntos, o simplemente compartir una mirada.
Al término de mi embarazo vinieron a mi domicilio de Cádiz mis padres, desde Cáceres. Mi padre estaba muy viejo, y andaba con cierta vacilación, aunque conservaba un seductor atractivo que lo acompañó hasta su muerte, y que permanece en mi memoria. La llegada de mi madre fue un alivio, fuerte como estaba, aunque seguía sin ser la solución a mis frustraciones.
Y nació mi hija mayor tras un largo parto que junto con una pequeña dosis de anestesia, me dejó agotada, y profundamente dormida.
Mi madre me despertó – hija ¿no oyes a la niña?- y me puso en los brazos la niña más preciosa que jamás habéis visto, tan bonita que no podía creerme que fuera mi hija, y al verla me invadió tal indescriptible felicidad, que rompí a llorar sin poder evitarlo por más que mi madre intentaba consolarme diciéndome que tenía que estar contenta – Si estoy contenta- le dije yo, y seguí dejando que el llanto le diera la bienvenida a mi pequeña.

Milagrosa Carrero Sánchez


miércoles, enero 04, 2006

NAVEGANDO EN EL BUQUE/TANQUE ASTORGA COMO ALUMNA DE PUENTE

El sol se ponía en el horizonte, como sumergiéndose en las aguas mansas de un sosegado océano, que como una balsa de aceite brillaba los días de calma. Y yo estaba allí, contemplando el majestuoso paisaje, desde el puente del buque–tanque Astorga, un petrolero de 15.000 Toneladas de registro, propiedad de la compañía CEPSA, en el que arrastrada por la azarosa vida, me había embarcado, como alumna de Puente, camino de Mauritania.
Estaba allí, con mis 23 añitos, y recien salida de la Escuela Superior de la Marina Civil, sin saber muy bien como había llegado. Pero el caso, es que el barco se desplazaba suavemente cortando con su proa las cálidas aguas del Banco Hispano-Sahariano, y en mi alma, no hubiera podido imaginar la paz de otra manera.
Con la sensación ligeramente esquizofrénica, de que una poderosa mano me había depositado caprichosamente en una vida que no era la mía, y sin otra preocupación que la de no perderme nada de lo que me rodeaba, oteaba sin prisa el horizonte, marcando en el radar, y con la Lidada, los diminutos pesqueros que faenaban con sus artes, dejándome enseñar por los expertos a maniobrarles, es decir, a realizar las oportunas maniobras exigidas por el código marítimo, para evitar abordajes.
Yo era la única mujer de abordo, y probablemente la más joven de una tripulación de más de 20 personas que incluían desde el Capitán al marmitón, pasando por el Jefe de máquinas, 3 Oficiales de puente, 3 de Máquinas, uno radiotelegrafista, contramaestre, bombero, electricista, engrasadores, marineros, camareros y cocinero, además de los alumnos.
Hasta los 14 años no vi el mar, y cuando por fin, pude hacerlo, en una visita a Badalona, por motivos familiares, me resultó familiar desde el primer momento y tan cotidiano como si cada día lo soliera contemplar.
Oriunda de Brozas, un árido pueblo de la alta Extremadura, cuando empecé a estudiar la carrera no había pisado, en mi vida, ni el vaporcito del Puerto, un pequeño trasbordador que atravesaba la Bahía de Cádiz, ciudad donde estudié, conectándola con el Puerto de Santa María. Pero toda mi desconfianza hacia los barcos, se disipó nada más hacerme a la mar, con sólo notar como el buque se movía bajo mis pies, subiendo y bajándome, meciéndome con él, en una cadencia que parecía fluir de mis propias venas.
Navegando me encontraba en mi elemento. Si la mar en calma me colmaba de paz, los días de temporal, me sentía como la protagonista del Poema de Espronceda la Canción del pirata. Yo era Juan sin miedo, y como tampoco me mareaba, disfrutaba, aunque parezca masoquista, cada pantocazo, con el que el barco sumergía la proa, para volver a sacarla, literalmente tiritando, cuando la mar se revolvía, sufriendo tales vibraciones ocasionadas por la fuerza de las olas, que parecía que el barco iba a partirse de un momento a otro, por la mitad. Con la mar revuelta , aunque los muebles estaban pegados al suelo, a veces llegaban a despegarse, volaban los libros, y las botellas, y comerse la sopa resultaba bastante complicado, aunque no tanto como hacerla, en los fogones especiales de la “cocina del barco”.
En aquellos primeros buques en los que estuve embarcada, el Albuera, y el Astorga, no hice grandes viajes, pero todo era nuevo, iniciático para mí. En Mauritania, atracamos en una plataforma, junto al desierto. ¡Que hermosas son las noches en el desierto! Casi tanto como las de mi pueblo, cuando yo era pequeña.
Frecuentemente zarpábamos a órdenes, esto significa sin destino final. Poníamos rumbo a un punto de la ruta, y navegábamos a la espera de que la compañía determinara la operación de tráfico marítimo que más le interesase, para determinarlo, y trazar la derrota. Aunque pueda parecerlo no hay tantas variables. Los caminos de la mar están trazados, y concretamente en los lugares de elevada densidad de tráfico, como el Mar del Norte, o el Estrecho de Gibraltar, son como carreteras, balizadas a ambos lados, verde a estribor, y rojo a babor.
Este tipo de navegaciones requieren mucha atención, porque implican mayor riesgo, pero lo más complicado, es con diferencia, dirigirse a una gran ciudad, con un puerto importante, como Amberes. A medida que te acercas sólo ves luces, millones de luces, y es muy difícil distinguir los distintos faros, y las numerosas señales luminosas que indican el camino a la bocana del puerto. Toda la tripulación se pone alerta para la maniobra, especialmente los de puente, que rompen el régimen normal de guardias, tomando el mando el Capitán, hasta alcanzar unas tres millas de la costa, donde embarca el práctico para hacerse cargo de la navegación. Divisar la falúa del práctico, de pilot boat en ingles universal, y verla abarloarse al costado del buque, es un momento de alivio, que se convierte en alegría cuando el práctico logra encaramarse a la escala para embarcar. Yo unas temporadas permanecía en el Puente durante el atraque, aprendiendo la maniobra, y anotándola en el Diario de Navegación. Otras veces el Capitán me mandaba al castillo de Proa, a las ordenes del Segundo, a aprender la maniobra correspondiente, y a familiarizarme con el fondeo e izado del ancla , y con el manejo de los Cabos, o en ocasiones con el Tercero, a la Popa aprendiendo el orden de tendido de la jarcia, de largo, de través, o de sprig.
Cuando pisaba el suelo firme, me notaba pegada, como si la fuerza de la gravedad me atrapara de otra manera, pero me encantaba que mi casa amaneciera en un lugar diferente cada día.
En estos dos petroleros de mediano tonelaje, sólo visité lugares donde había una refinería o plataforma petrolera, como Mauritania, Ceuta, Las islas de Tenerife, y las Palmas de Gran Canarias, Lisboa, La Coruña, Vigo, Bilbao, Amberes, Rótterdam, Augusta, o Puente Mayorga junto a La Linea de la Concepción.
Parábamos poco en puerto, pero zarpar era esperar otro destino.
El mundo entonces me parecía más pequeño, y yo, por supuesto, me sentía mucho más grande.

Milagrosa Carrero Sánchez