lunes, enero 23, 2006

EL SUEÑO
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Cuando el agotamiento del insomnio, te atrapa en una tortuosa vigilia, en la que la inmensa noche te devuelve a la soledad de tu propia existencia, sin otra compañía que un angustioso miedo, caer en el sueño reparador es escaparse.

Si la muerte no te ha acechado haciéndote sentir verdadera angustia, si no has temido el proceso de una enfermedad diagnosticada, o si no has temblado a la espera de un resultado médico, si no has llorado por tus hijos en la antesala de tu propia muerte presentida, si las dolorosas circunstancias de la vida no te han llevado a ser presa del pánico, es difícil que comprendas lo que puede llegar a ser una noche de duermevela, en la que cada despertar te recuerda muy a tu pesar, quien eres, y te enseña a valorar el regalo que para los desdichados, que hemos pasado por esta experiencia, significa el sueño reparador.

Caer dulcemente en el sueño, es volar a un mundo mágico, de matizadas luces nocturnas, en los amplios interiores de casas antiguas, llenas de vida, por las que se pasean mis seres queridos, algunos ya ausenten. Es recuperar mi infancia, mi juventud, y la de todos los que me han rodeado, en un mundo en el que también están mis hijas. Es volver a abrazar a mi padre.

En sueños, a veces, asisto a elegantes fiestas nocturnas, en las que soy otra vez, una muchacha, que despreocupadamente, y liberada del miedo, me abandono ligera como el viento, casi volando, y palpitando como una adolescente en otros brazos.

A veces el sueño se me convierte en un alivio de la propia lucha diaria, que además de alimentar mi maltratado cuerpo, reconforta mi espíritu, y gratifica mi mente, devolviéndole a mis sentidos el deseo de sentirse vivos, como un celestial regalo:
Caer, caer, caer...como flotando entre algodonosas nubes que amortiguan mi caída hasta los abismos de sueño.

Milagros Carrero Sánchez

miércoles, enero 11, 2006

EL AMOR

¿Puede evitarse el amor? Para mí fue tan inevitable como crecer, inesperado, y arrasador. Me refiero al gran amor que, como agua hirviendo, te deja curtida, inmunizada...

“Él era alto y rubio, como la cerveza”, y olía a limpio. Tenía un cabello sedoso que le acariciaba el cuello. Y era todo lo dulce, y tímido que puede ser un hombre: lo más alejado del prototipo viril.

En ningún momento me hubiese imaginado que un ser tan inofensivo, y con un aspecto tan frágil, pudiera abducir mi voluntad. Pero la inexperiencia jugaba en mi contra, y absolutamente desprevenida, me abrí completamente a mi relación con él, con una entrega, sólo posible, en ausencia del más mínimo recelo, y me enamoré hasta la médula, sin poder, ni querer evitarlo.

La nuestra era una relación tormentosa en la que los periodos de plenitud se sucedían de intervalos, cada vez más frecuentes, de tumultuosas escenas violentas, en los que yo me quebraba la cabeza intentando buscar soluciones, y él se dejaba arrastrar por una especie de reacción esquizofrénica que le daba la vuelta a todo, y lo sumía en un sentimiento de frustración que lo aislaba en una realidad diferente, reventándome cualquier intento de comunicación con él. Entonces se volvía huraño, se le irritaba la úlcera de estómago y a me odiaba.

¡Cuantos llanto he derramado entre las sábanas con la certeza y el temor de perderlo! No podía imaginarme la vida sin él.

Era un alemán, hijo de alemanes, inmigrantes en España, que llegó a aquí con 5 años, y aun no había logrado perfeccionar el acento. Había crecido entre dos culturas, la de su casa, presidida por una madre cuyo desprecio a todo lo español se evidenciaba en su negativa a aprender el idioma; y la del entorno, el Colegio, los amigos, las chicas... Siempre he creído que su doble vida era la causa de su perfil esquizofrénico.

Tenía sólo 21 años, uno menos que yo. Compartíamos un piso de estudiantes en Cádiz, con vistas a la playa victoria, que es uno de esos lugares donde acude la gente desde el otoño, hasta la primavera a ver las espléndidas puestas de sol. Una estudiante de medicina de Badajoz, y otro pacense de náutica, eran los otros dos compañeros del piso.
En época de exámenes estudiábamos hasta el alba, que salíamos a dar un paseo por la playa, antes de dormir, o de irnos a la cama, porque en aquel tiempo, el sueño era secundario. Nos excedíamos en todo, no conocíamos los límites.

Cádiz era una ciudad propicia al esparcimiento, nadie nos conocía, y nos ofrecía una sensación de libertad que paseábamos de la plaza de Falla, a la de Minas, pasando por la de San Antonio, y sin olvidar nunca la de Candelaria, pero el Parque Genovés era donde pasábamos más tiempo, aparte de la playa, por estar junto a la Escuela, y ¿como no? en la alameda Apodaca presidiendo el malecón, de cara a los acantilados viendo acercarse los barcos hacia la bocana del puerto, sorteando los tres bajos señalados por el faro de Las Puercas, El Monje, y Los Cochinos, que tantas veces había de enfilar en el futuro.

¿Cómo no entregarse al amor cuando nunca se ha amado, a esa edad, y en un lugar así? ¿Cómo no abandonarse?

Milagrosa Carrero Sánchez




viernes, enero 06, 2006

LA MATERNIDAD
De pequeña yo tenia dos muñecos de trapo, Clifor y Jose Wens, como suena, los nombres de dos jugadores de baloncesto estrellas por aquel entonces: Cifford Luik y Wens Brabender, no se como se escribe. Eran dos “dormilones” con el cuerpo de tela, la cabeza de goma, y las manitas y los piecitos de plástico duro. Con ellos practiqué todas las pautas de comportamiento que veía en mis padres, y en otros padres cercanos con sus hijos. Les lavaba las caritas, los vestía, los sacaba de paseo, y los dormía en su improvisada cunita antes de dejarlos. Eran como mis hijos.
Puedo decir que tener hijos es algo que he deseado desde mí más tierna infancia, y aunque no se me ocurre ninguna explicación, ya entonces mi desarrollado instinto maternal me había hecho decidir que algún día sería madre.
Por eso cuando mi reloj biológico se detuvo en el impulso de perpetuar a mis antepasados, no dudé ni un momento en proponerle a mi recién casado marido, dejándolo más que sorprendido, que tuviéramos un hijo.
Y así, con la simplicidad de un tic, algo en mi mente saltó como un fusible, a las pocas horas de tener conciencia de mi primer embarazo, y pasé de la osadía a la prudencia, de la desfachatez a la medida, de pasearme por el filo del riesgo al temor. Se había despertado en mí el hormigueo de la responsabilidad sobre la vida de mi hija, y tomé una decisión radical: “no volver a embarcarme, abandonar mi carrera y buscar un trabajo que me permitiera criar personalmente a mis hijos, y controlar las riendas de su educación. No podía permitirme el lujo de pensarlo dos veces.
Mis años de lucha por la equiparación de la mujer, rompiendo con barreras me habían llevado a convertirme en la primera y única chica que estudiaba náutica en la Escuela Superior de la Marina Civil de Cádiz, durante mi época universitaria, y esta misma necesidad de eliminar prejuicios machistas me había conducido a la incomparable experiencia de embarcarme durante más de un año y medio, que se habían convertido en tres, con los periodos vacacionales, como Alumna de Puente, con categoría de Oficial, formando parte del primer grupo de mujeres que accedía a tal posición, tradicionalmente masculina, y siendo la única mujer tripulante durante todos mis periodos de embarque. Ahora había llegado el momento de pasar página humildemente.
Yo estaba sola, decepcionada, y nada parecía ajustarse a mis planes. Por las tardes de un otoño larguísimo paseaba por el paseo marítimo de Cádiz, junto a la Playa Victoria, a solas con la vida que se movía en mi vientre, como única compañía, viendo a los otros hablar, y pasear en grupos, o en pareja, reírse juntos, o simplemente compartir una mirada.
Al término de mi embarazo vinieron a mi domicilio de Cádiz mis padres, desde Cáceres. Mi padre estaba muy viejo, y andaba con cierta vacilación, aunque conservaba un seductor atractivo que lo acompañó hasta su muerte, y que permanece en mi memoria. La llegada de mi madre fue un alivio, fuerte como estaba, aunque seguía sin ser la solución a mis frustraciones.
Y nació mi hija mayor tras un largo parto que junto con una pequeña dosis de anestesia, me dejó agotada, y profundamente dormida.
Mi madre me despertó – hija ¿no oyes a la niña?- y me puso en los brazos la niña más preciosa que jamás habéis visto, tan bonita que no podía creerme que fuera mi hija, y al verla me invadió tal indescriptible felicidad, que rompí a llorar sin poder evitarlo por más que mi madre intentaba consolarme diciéndome que tenía que estar contenta – Si estoy contenta- le dije yo, y seguí dejando que el llanto le diera la bienvenida a mi pequeña.

Milagrosa Carrero Sánchez


miércoles, enero 04, 2006

NAVEGANDO EN EL BUQUE/TANQUE ASTORGA COMO ALUMNA DE PUENTE

El sol se ponía en el horizonte, como sumergiéndose en las aguas mansas de un sosegado océano, que como una balsa de aceite brillaba los días de calma. Y yo estaba allí, contemplando el majestuoso paisaje, desde el puente del buque–tanque Astorga, un petrolero de 15.000 Toneladas de registro, propiedad de la compañía CEPSA, en el que arrastrada por la azarosa vida, me había embarcado, como alumna de Puente, camino de Mauritania.
Estaba allí, con mis 23 añitos, y recien salida de la Escuela Superior de la Marina Civil, sin saber muy bien como había llegado. Pero el caso, es que el barco se desplazaba suavemente cortando con su proa las cálidas aguas del Banco Hispano-Sahariano, y en mi alma, no hubiera podido imaginar la paz de otra manera.
Con la sensación ligeramente esquizofrénica, de que una poderosa mano me había depositado caprichosamente en una vida que no era la mía, y sin otra preocupación que la de no perderme nada de lo que me rodeaba, oteaba sin prisa el horizonte, marcando en el radar, y con la Lidada, los diminutos pesqueros que faenaban con sus artes, dejándome enseñar por los expertos a maniobrarles, es decir, a realizar las oportunas maniobras exigidas por el código marítimo, para evitar abordajes.
Yo era la única mujer de abordo, y probablemente la más joven de una tripulación de más de 20 personas que incluían desde el Capitán al marmitón, pasando por el Jefe de máquinas, 3 Oficiales de puente, 3 de Máquinas, uno radiotelegrafista, contramaestre, bombero, electricista, engrasadores, marineros, camareros y cocinero, además de los alumnos.
Hasta los 14 años no vi el mar, y cuando por fin, pude hacerlo, en una visita a Badalona, por motivos familiares, me resultó familiar desde el primer momento y tan cotidiano como si cada día lo soliera contemplar.
Oriunda de Brozas, un árido pueblo de la alta Extremadura, cuando empecé a estudiar la carrera no había pisado, en mi vida, ni el vaporcito del Puerto, un pequeño trasbordador que atravesaba la Bahía de Cádiz, ciudad donde estudié, conectándola con el Puerto de Santa María. Pero toda mi desconfianza hacia los barcos, se disipó nada más hacerme a la mar, con sólo notar como el buque se movía bajo mis pies, subiendo y bajándome, meciéndome con él, en una cadencia que parecía fluir de mis propias venas.
Navegando me encontraba en mi elemento. Si la mar en calma me colmaba de paz, los días de temporal, me sentía como la protagonista del Poema de Espronceda la Canción del pirata. Yo era Juan sin miedo, y como tampoco me mareaba, disfrutaba, aunque parezca masoquista, cada pantocazo, con el que el barco sumergía la proa, para volver a sacarla, literalmente tiritando, cuando la mar se revolvía, sufriendo tales vibraciones ocasionadas por la fuerza de las olas, que parecía que el barco iba a partirse de un momento a otro, por la mitad. Con la mar revuelta , aunque los muebles estaban pegados al suelo, a veces llegaban a despegarse, volaban los libros, y las botellas, y comerse la sopa resultaba bastante complicado, aunque no tanto como hacerla, en los fogones especiales de la “cocina del barco”.
En aquellos primeros buques en los que estuve embarcada, el Albuera, y el Astorga, no hice grandes viajes, pero todo era nuevo, iniciático para mí. En Mauritania, atracamos en una plataforma, junto al desierto. ¡Que hermosas son las noches en el desierto! Casi tanto como las de mi pueblo, cuando yo era pequeña.
Frecuentemente zarpábamos a órdenes, esto significa sin destino final. Poníamos rumbo a un punto de la ruta, y navegábamos a la espera de que la compañía determinara la operación de tráfico marítimo que más le interesase, para determinarlo, y trazar la derrota. Aunque pueda parecerlo no hay tantas variables. Los caminos de la mar están trazados, y concretamente en los lugares de elevada densidad de tráfico, como el Mar del Norte, o el Estrecho de Gibraltar, son como carreteras, balizadas a ambos lados, verde a estribor, y rojo a babor.
Este tipo de navegaciones requieren mucha atención, porque implican mayor riesgo, pero lo más complicado, es con diferencia, dirigirse a una gran ciudad, con un puerto importante, como Amberes. A medida que te acercas sólo ves luces, millones de luces, y es muy difícil distinguir los distintos faros, y las numerosas señales luminosas que indican el camino a la bocana del puerto. Toda la tripulación se pone alerta para la maniobra, especialmente los de puente, que rompen el régimen normal de guardias, tomando el mando el Capitán, hasta alcanzar unas tres millas de la costa, donde embarca el práctico para hacerse cargo de la navegación. Divisar la falúa del práctico, de pilot boat en ingles universal, y verla abarloarse al costado del buque, es un momento de alivio, que se convierte en alegría cuando el práctico logra encaramarse a la escala para embarcar. Yo unas temporadas permanecía en el Puente durante el atraque, aprendiendo la maniobra, y anotándola en el Diario de Navegación. Otras veces el Capitán me mandaba al castillo de Proa, a las ordenes del Segundo, a aprender la maniobra correspondiente, y a familiarizarme con el fondeo e izado del ancla , y con el manejo de los Cabos, o en ocasiones con el Tercero, a la Popa aprendiendo el orden de tendido de la jarcia, de largo, de través, o de sprig.
Cuando pisaba el suelo firme, me notaba pegada, como si la fuerza de la gravedad me atrapara de otra manera, pero me encantaba que mi casa amaneciera en un lugar diferente cada día.
En estos dos petroleros de mediano tonelaje, sólo visité lugares donde había una refinería o plataforma petrolera, como Mauritania, Ceuta, Las islas de Tenerife, y las Palmas de Gran Canarias, Lisboa, La Coruña, Vigo, Bilbao, Amberes, Rótterdam, Augusta, o Puente Mayorga junto a La Linea de la Concepción.
Parábamos poco en puerto, pero zarpar era esperar otro destino.
El mundo entonces me parecía más pequeño, y yo, por supuesto, me sentía mucho más grande.

Milagrosa Carrero Sánchez