miércoles, enero 11, 2006

EL AMOR

¿Puede evitarse el amor? Para mí fue tan inevitable como crecer, inesperado, y arrasador. Me refiero al gran amor que, como agua hirviendo, te deja curtida, inmunizada...

“Él era alto y rubio, como la cerveza”, y olía a limpio. Tenía un cabello sedoso que le acariciaba el cuello. Y era todo lo dulce, y tímido que puede ser un hombre: lo más alejado del prototipo viril.

En ningún momento me hubiese imaginado que un ser tan inofensivo, y con un aspecto tan frágil, pudiera abducir mi voluntad. Pero la inexperiencia jugaba en mi contra, y absolutamente desprevenida, me abrí completamente a mi relación con él, con una entrega, sólo posible, en ausencia del más mínimo recelo, y me enamoré hasta la médula, sin poder, ni querer evitarlo.

La nuestra era una relación tormentosa en la que los periodos de plenitud se sucedían de intervalos, cada vez más frecuentes, de tumultuosas escenas violentas, en los que yo me quebraba la cabeza intentando buscar soluciones, y él se dejaba arrastrar por una especie de reacción esquizofrénica que le daba la vuelta a todo, y lo sumía en un sentimiento de frustración que lo aislaba en una realidad diferente, reventándome cualquier intento de comunicación con él. Entonces se volvía huraño, se le irritaba la úlcera de estómago y a me odiaba.

¡Cuantos llanto he derramado entre las sábanas con la certeza y el temor de perderlo! No podía imaginarme la vida sin él.

Era un alemán, hijo de alemanes, inmigrantes en España, que llegó a aquí con 5 años, y aun no había logrado perfeccionar el acento. Había crecido entre dos culturas, la de su casa, presidida por una madre cuyo desprecio a todo lo español se evidenciaba en su negativa a aprender el idioma; y la del entorno, el Colegio, los amigos, las chicas... Siempre he creído que su doble vida era la causa de su perfil esquizofrénico.

Tenía sólo 21 años, uno menos que yo. Compartíamos un piso de estudiantes en Cádiz, con vistas a la playa victoria, que es uno de esos lugares donde acude la gente desde el otoño, hasta la primavera a ver las espléndidas puestas de sol. Una estudiante de medicina de Badajoz, y otro pacense de náutica, eran los otros dos compañeros del piso.
En época de exámenes estudiábamos hasta el alba, que salíamos a dar un paseo por la playa, antes de dormir, o de irnos a la cama, porque en aquel tiempo, el sueño era secundario. Nos excedíamos en todo, no conocíamos los límites.

Cádiz era una ciudad propicia al esparcimiento, nadie nos conocía, y nos ofrecía una sensación de libertad que paseábamos de la plaza de Falla, a la de Minas, pasando por la de San Antonio, y sin olvidar nunca la de Candelaria, pero el Parque Genovés era donde pasábamos más tiempo, aparte de la playa, por estar junto a la Escuela, y ¿como no? en la alameda Apodaca presidiendo el malecón, de cara a los acantilados viendo acercarse los barcos hacia la bocana del puerto, sorteando los tres bajos señalados por el faro de Las Puercas, El Monje, y Los Cochinos, que tantas veces había de enfilar en el futuro.

¿Cómo no entregarse al amor cuando nunca se ha amado, a esa edad, y en un lugar así? ¿Cómo no abandonarse?

Milagrosa Carrero Sánchez




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