viernes, enero 06, 2006

LA MATERNIDAD
De pequeña yo tenia dos muñecos de trapo, Clifor y Jose Wens, como suena, los nombres de dos jugadores de baloncesto estrellas por aquel entonces: Cifford Luik y Wens Brabender, no se como se escribe. Eran dos “dormilones” con el cuerpo de tela, la cabeza de goma, y las manitas y los piecitos de plástico duro. Con ellos practiqué todas las pautas de comportamiento que veía en mis padres, y en otros padres cercanos con sus hijos. Les lavaba las caritas, los vestía, los sacaba de paseo, y los dormía en su improvisada cunita antes de dejarlos. Eran como mis hijos.
Puedo decir que tener hijos es algo que he deseado desde mí más tierna infancia, y aunque no se me ocurre ninguna explicación, ya entonces mi desarrollado instinto maternal me había hecho decidir que algún día sería madre.
Por eso cuando mi reloj biológico se detuvo en el impulso de perpetuar a mis antepasados, no dudé ni un momento en proponerle a mi recién casado marido, dejándolo más que sorprendido, que tuviéramos un hijo.
Y así, con la simplicidad de un tic, algo en mi mente saltó como un fusible, a las pocas horas de tener conciencia de mi primer embarazo, y pasé de la osadía a la prudencia, de la desfachatez a la medida, de pasearme por el filo del riesgo al temor. Se había despertado en mí el hormigueo de la responsabilidad sobre la vida de mi hija, y tomé una decisión radical: “no volver a embarcarme, abandonar mi carrera y buscar un trabajo que me permitiera criar personalmente a mis hijos, y controlar las riendas de su educación. No podía permitirme el lujo de pensarlo dos veces.
Mis años de lucha por la equiparación de la mujer, rompiendo con barreras me habían llevado a convertirme en la primera y única chica que estudiaba náutica en la Escuela Superior de la Marina Civil de Cádiz, durante mi época universitaria, y esta misma necesidad de eliminar prejuicios machistas me había conducido a la incomparable experiencia de embarcarme durante más de un año y medio, que se habían convertido en tres, con los periodos vacacionales, como Alumna de Puente, con categoría de Oficial, formando parte del primer grupo de mujeres que accedía a tal posición, tradicionalmente masculina, y siendo la única mujer tripulante durante todos mis periodos de embarque. Ahora había llegado el momento de pasar página humildemente.
Yo estaba sola, decepcionada, y nada parecía ajustarse a mis planes. Por las tardes de un otoño larguísimo paseaba por el paseo marítimo de Cádiz, junto a la Playa Victoria, a solas con la vida que se movía en mi vientre, como única compañía, viendo a los otros hablar, y pasear en grupos, o en pareja, reírse juntos, o simplemente compartir una mirada.
Al término de mi embarazo vinieron a mi domicilio de Cádiz mis padres, desde Cáceres. Mi padre estaba muy viejo, y andaba con cierta vacilación, aunque conservaba un seductor atractivo que lo acompañó hasta su muerte, y que permanece en mi memoria. La llegada de mi madre fue un alivio, fuerte como estaba, aunque seguía sin ser la solución a mis frustraciones.
Y nació mi hija mayor tras un largo parto que junto con una pequeña dosis de anestesia, me dejó agotada, y profundamente dormida.
Mi madre me despertó – hija ¿no oyes a la niña?- y me puso en los brazos la niña más preciosa que jamás habéis visto, tan bonita que no podía creerme que fuera mi hija, y al verla me invadió tal indescriptible felicidad, que rompí a llorar sin poder evitarlo por más que mi madre intentaba consolarme diciéndome que tenía que estar contenta – Si estoy contenta- le dije yo, y seguí dejando que el llanto le diera la bienvenida a mi pequeña.

Milagrosa Carrero Sánchez


1 comentario:

velvetinna dijo...

Me gusta como escribes y me encantaría ver una foto de esa niña.