miércoles, enero 04, 2006

NAVEGANDO EN EL BUQUE/TANQUE ASTORGA COMO ALUMNA DE PUENTE

El sol se ponía en el horizonte, como sumergiéndose en las aguas mansas de un sosegado océano, que como una balsa de aceite brillaba los días de calma. Y yo estaba allí, contemplando el majestuoso paisaje, desde el puente del buque–tanque Astorga, un petrolero de 15.000 Toneladas de registro, propiedad de la compañía CEPSA, en el que arrastrada por la azarosa vida, me había embarcado, como alumna de Puente, camino de Mauritania.
Estaba allí, con mis 23 añitos, y recien salida de la Escuela Superior de la Marina Civil, sin saber muy bien como había llegado. Pero el caso, es que el barco se desplazaba suavemente cortando con su proa las cálidas aguas del Banco Hispano-Sahariano, y en mi alma, no hubiera podido imaginar la paz de otra manera.
Con la sensación ligeramente esquizofrénica, de que una poderosa mano me había depositado caprichosamente en una vida que no era la mía, y sin otra preocupación que la de no perderme nada de lo que me rodeaba, oteaba sin prisa el horizonte, marcando en el radar, y con la Lidada, los diminutos pesqueros que faenaban con sus artes, dejándome enseñar por los expertos a maniobrarles, es decir, a realizar las oportunas maniobras exigidas por el código marítimo, para evitar abordajes.
Yo era la única mujer de abordo, y probablemente la más joven de una tripulación de más de 20 personas que incluían desde el Capitán al marmitón, pasando por el Jefe de máquinas, 3 Oficiales de puente, 3 de Máquinas, uno radiotelegrafista, contramaestre, bombero, electricista, engrasadores, marineros, camareros y cocinero, además de los alumnos.
Hasta los 14 años no vi el mar, y cuando por fin, pude hacerlo, en una visita a Badalona, por motivos familiares, me resultó familiar desde el primer momento y tan cotidiano como si cada día lo soliera contemplar.
Oriunda de Brozas, un árido pueblo de la alta Extremadura, cuando empecé a estudiar la carrera no había pisado, en mi vida, ni el vaporcito del Puerto, un pequeño trasbordador que atravesaba la Bahía de Cádiz, ciudad donde estudié, conectándola con el Puerto de Santa María. Pero toda mi desconfianza hacia los barcos, se disipó nada más hacerme a la mar, con sólo notar como el buque se movía bajo mis pies, subiendo y bajándome, meciéndome con él, en una cadencia que parecía fluir de mis propias venas.
Navegando me encontraba en mi elemento. Si la mar en calma me colmaba de paz, los días de temporal, me sentía como la protagonista del Poema de Espronceda la Canción del pirata. Yo era Juan sin miedo, y como tampoco me mareaba, disfrutaba, aunque parezca masoquista, cada pantocazo, con el que el barco sumergía la proa, para volver a sacarla, literalmente tiritando, cuando la mar se revolvía, sufriendo tales vibraciones ocasionadas por la fuerza de las olas, que parecía que el barco iba a partirse de un momento a otro, por la mitad. Con la mar revuelta , aunque los muebles estaban pegados al suelo, a veces llegaban a despegarse, volaban los libros, y las botellas, y comerse la sopa resultaba bastante complicado, aunque no tanto como hacerla, en los fogones especiales de la “cocina del barco”.
En aquellos primeros buques en los que estuve embarcada, el Albuera, y el Astorga, no hice grandes viajes, pero todo era nuevo, iniciático para mí. En Mauritania, atracamos en una plataforma, junto al desierto. ¡Que hermosas son las noches en el desierto! Casi tanto como las de mi pueblo, cuando yo era pequeña.
Frecuentemente zarpábamos a órdenes, esto significa sin destino final. Poníamos rumbo a un punto de la ruta, y navegábamos a la espera de que la compañía determinara la operación de tráfico marítimo que más le interesase, para determinarlo, y trazar la derrota. Aunque pueda parecerlo no hay tantas variables. Los caminos de la mar están trazados, y concretamente en los lugares de elevada densidad de tráfico, como el Mar del Norte, o el Estrecho de Gibraltar, son como carreteras, balizadas a ambos lados, verde a estribor, y rojo a babor.
Este tipo de navegaciones requieren mucha atención, porque implican mayor riesgo, pero lo más complicado, es con diferencia, dirigirse a una gran ciudad, con un puerto importante, como Amberes. A medida que te acercas sólo ves luces, millones de luces, y es muy difícil distinguir los distintos faros, y las numerosas señales luminosas que indican el camino a la bocana del puerto. Toda la tripulación se pone alerta para la maniobra, especialmente los de puente, que rompen el régimen normal de guardias, tomando el mando el Capitán, hasta alcanzar unas tres millas de la costa, donde embarca el práctico para hacerse cargo de la navegación. Divisar la falúa del práctico, de pilot boat en ingles universal, y verla abarloarse al costado del buque, es un momento de alivio, que se convierte en alegría cuando el práctico logra encaramarse a la escala para embarcar. Yo unas temporadas permanecía en el Puente durante el atraque, aprendiendo la maniobra, y anotándola en el Diario de Navegación. Otras veces el Capitán me mandaba al castillo de Proa, a las ordenes del Segundo, a aprender la maniobra correspondiente, y a familiarizarme con el fondeo e izado del ancla , y con el manejo de los Cabos, o en ocasiones con el Tercero, a la Popa aprendiendo el orden de tendido de la jarcia, de largo, de través, o de sprig.
Cuando pisaba el suelo firme, me notaba pegada, como si la fuerza de la gravedad me atrapara de otra manera, pero me encantaba que mi casa amaneciera en un lugar diferente cada día.
En estos dos petroleros de mediano tonelaje, sólo visité lugares donde había una refinería o plataforma petrolera, como Mauritania, Ceuta, Las islas de Tenerife, y las Palmas de Gran Canarias, Lisboa, La Coruña, Vigo, Bilbao, Amberes, Rótterdam, Augusta, o Puente Mayorga junto a La Linea de la Concepción.
Parábamos poco en puerto, pero zarpar era esperar otro destino.
El mundo entonces me parecía más pequeño, y yo, por supuesto, me sentía mucho más grande.

Milagrosa Carrero Sánchez

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