sábado, diciembre 23, 2006

NAVIDADES



Es curioso que en 47 años de vida, y con esta contaré 48 navidades, por algún motivo que escapa a mi comprensión, conservo en mi memoria cada detalle de varias de ellas.

EN LA INFANCIA

Las de mi infancia eran mágicas. Mi familia, como aquella gente de pueblo de aquel entonces, vivía en un mundo de ritos, que por estas fechas, incluía un nacimiento con verdadera hierba, de nuestro “corral” -una especie de parcela con gallinero, cuadras, y hasta un abrevadero para el ganado-, que como una manta de césped, trasplantábamos al belén, con sus raíces hundidas en la tierra, con un fondo de arbustos cuajados de madroños, que empezaban adornando y acababan en nuestros infantiles y caprichosos paladares, y con un río que nacía en la montaña y acababa en un lago de papel de plata, cubierto con un cristal, alrededor del que se inclinaban las lavanderas a enjabonar la ropa, y a beber las ovejitas, y que a pesar de la nieve estaba lleno de patos y cisnes. Como solíamos participar en el concurso municipal de belenes, colocábamos la composición artística en una sala al efecto, en el piso de abajo, para que, como era la costumbre, recibiera la visita de los vecinos. Los niños solíamos cantar villancicos, con la pandereta delante del nacimiento, y cada día acercábamos los reyes unos pasos, al portal, alejándolos del palacio del malvado Herodes, allá en lo alto de la montaña, de corcho. El día de nochebuena, después de cenar nos visitábamos unos a otros, entre tíos, hermanos, y sobrinos, y todos íbamos a casa de los abuelos; Y el día “del año”, tras las uvas, nunca faltábamos a “la misa del gallo”, a besar el pie al "niño".

EN LA ADOLESCENCIA

Pasado el tiempo, y siendo yo ya adolescente, la navidad era el regreso, y aunque vivíamos en la capital, pasábamos las vacaciones navideñas en el pueblo, donde aprovechábamos para hacer la matanza, y dejar medio seca “la chacina”, antes del la vuelta. Eso sí era una verdadera fiesta de participación. Allí trabajaba todo el mundo, la familia, los vecinos, y las vecinas, y los amigos más dispuestos, mandil o ropa de faena, y arremangados, madrugaban para echar una mano, o las dos si era preciso, que lo era. Eran unas vacaciones que me encantaban. Recuerdo que por las mañanas, disfrutaba rompiendo el carámbano de los charcos, antes de desayunar café con migas, junto a la lumbre de la chimenea, que se encendía el día de la matanza para hervir el agua con que escaldábamos la piel del cerdo sacrificado, una vez chamuscada, para dejarla pelada, y se continuaba encendiendo cada mañana, durante varios días para, ahumar la chacina, y favorecer que se “curara”. La lumbre era el mejor de los reclamos, y allí desayunábamos, almorzábamos, comíamos, merendábamos y cenábamos.
Por las noches, los mozos y las mozas, formábamos grandes pandillas para ir a pedir el aguinaldo, de casa en casa, y siempre nos invitaban a entrar, y nos ofrecían turrón y anís, a cambio de nuestros villancicos.

EN LA JUVENTUD

Pasados unos años, me acuerdo nítidamente de mis primeras navidades embarcada. Recuerdo que el ambiente del barco era muy entrañable, y nunca podré olvidar que volviendo de Augusta(Sicilia), y a la altura del Estrecho, camino de Tenerife, recibí una llamada telefónica, a través de la radio costera de“Tarifa”, para decirme que mi amado padre estaba en el hospital con un Infarto de Miocardio, hacía dos semanas. Recuerdo que llegando a Tenerife, y a pesar de mi sana costumbre, por aquel entonces, de no probar el alcohol, descorchamos varias botellas de champán, para regar el abundante marisco, y me despedí de los oficiales, porque en cuanto atracamos, un 24 de diciembre me fui al aeropuerto y volé sola hasta Sevilla, donde pasé la noche con mi tía Pilar. Cuando el día 25 llegué a casa, mi padre ya tenía el alta. Siempre creí que la culpa del infarto la había tenido yo por no telefonear justamente, por una vez en mi vida, en aquella recalada.
Al año siguiente pase la navidad a 30 grados. En Abidján (Costa de Marfil), un lugar increíblemente seductor, Aquella nochebuena, atracados al muelle con un barco frigorífico, el Faro Cádiz, se nos fueron abarloando los pesqueros españoles que faenaban en el banco pesquero. Después de cenar, saltamos de unos barcos a otros unidos por la escala. Estuvimos en un mercante ruso, y en todos y cada uno de los de bandera española, casi todos vascos. Pasar la navidad en el ecuador es una sensación muy diferente.

EN LA PLENITUD

Acababa de nacer mi primogénita, Eugenia, como mi madre. Era una niña preciosa, con la piel rosada y brillante, la cabecita lisa, y unos ojazos azules que se abrían como faros, en cuanto se iban las visitas. Nació el 11 de diciembre del 87. Yo estaba en Cádiz. Mi padre, y mi madre, habían venido desde Cáceres, a esperar conmigo el feliz acontecimiento. El 24 de diciembre, llegó recién desembarcado el padre de la niña, que hasta ese día no la había visto.

EN LA MADUREZ

Con 42 años, una niña de trece años, y otra de ocho el cáncer me marcó. El día de nochebuena estaba muerta de miedo, en pleno tratamiento de quimioterapia, porque me dolía una pierna, y temía que pudiera tratarse de una metástasis de hueso. Afortunadamente, las pruebas resultaron negativas, y ese día me prometí a mí misma no peder ni un minuto más por causa del pánico. Pero aquellas navidades, probablemente fueron las más tristes de mi vida.
Mi niña chica decía diez veces mamá en una frase de quince palabras. ¿Cómo podría vivir sin mí?¿Quién iba a quererla tanto como yo? Y Eugenia, con trece añitos, tan dependiente todavía, tan enmadrada, ¿quién sería capaz de entenderla, mimarla y estar pendiente de ella como yo?. Miraba a mis hijas, y me miraba yo, abatida, mutilada, calva, esquelética, y con una especie de nudo en el tuvo digestivo que no me dejaba pasar a penas nada.
Yo no me quería morir. No quería que mis hijas se quedaran solas, no querían que sufrieran por mi ausencia, pero tampoco por mi dolorosa presencia, si las cosas se complicaban. No sabía que hacer, pero mientras esperaba los resultados de las pruebas, guarde en mi mesilla un cuter, de hoja afilada. Aunque no creo en dios entonces recé, para tirar cinco años más.

Tres años más tarde, y unos días antes de navidad, estaba otra vez en el hospital operándome nuevamente de cáncer en la mama colateral. Mila tenía ya 11 años, y Eugenia16. pensé que con un poco de suerte tendría tiempo de criarlas.

De aquello hace ahora dos años. Ya han pasado los cinco años que pedí, y sigo sin querer morirme. Creo que estoy curada, pero sigo teniendo muchas veces miedo. Miedo incluso de escribir sobre ese tema. Miedo de hacer algo que, sin saberlo yo, lo estropeé todo.

AHORA

Estas navidades he pasado de compras, y preparativos. Por primera vez en mi vida ha llegado el día 24 sin que ponga el nacimiento. No puedo perder tiempo. Quiero beberme la vida a grandes tragos. Quiero ser feliz. Quiero vivir cada minuto.
Milagrosa Carrero Sánchez